FARO DE VIGO reúne ós recentes premios nacionais de Ensaio e Literatura Xuvenil, Justo Beramendi e Agustín Fernández Paz, con Galiza como telón de fondo dunha charla sen fronteiras.

Entrevista a:

Agustín Fernández Paz. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por “O único que queda é o amor”.

Justo Beramendi. Premio Nacional de Ensayo por “De Provincia a Nación. Historia do galeguismo político”.

El habitáculo es pequeño y, por lo tanto, las distancias son cortas. Les sugiero que empiecen por donde quieran, pero ellos delegan el asunto en el intermediario.
–FARO DE VIGO: Pues si les parece bien, podemos comenzar por un diagnóstico del estado de la lengua gallega, la que ustedes precisamente han elegido para escribir sus respectivas obras y en la que se expresan habitualmente: ¿Hay futuro o corre, cual temen algunos, serio peligro de desaparición?
–AGUSTÍN FERNÁNDEZ PAZ. Entre el optimismo de algunos y el pesimismo de otros, yo me sitúo en una zona intermedia. No cabe duda de que un idioma como el nuestro siempre se encuentra con dificultades. En unos tiempos esas dificultades fueron de un tipo y ahora lo son de otro. Pero, en general, sigo comprobando que el gallego se sigue utilizando y que, además, tiene porvenir porque, entre otras cosas, si no lo creyese así, difícilmente podría afrontar mi trabajo como escritor. Yo veo al gallego muy vivo aunque aparentemente no lo parezca. Incluso en las ciudades como Vigo, donde hace años se decía que apenas se usaba, que iba a menos, noto un incremento en su utilización y, es más, a nuestra lengua se la considera como lengua culta. Es decir, que la generalidad de la ciudadanía la conoce y la sabe hablar, si bien tal vez no la utilice como modo habitual de expresarse quizás debido la existencia cierta de un ecosistema social llamémosle hostil en el que se desenvuelve. Sin embargo, repito, la lengua gallega está ahí y está muy viva: si os fijáis en la gente que habla por teléfono móvil en la calle, y la mayoría son conversaciones privadas con amigos o familiares, os daréis cuenta de que en un grandísimo porcentaje lo hace en gallego. Esto yo lo palpo en Vigo, y supongo que en Santiago ocurrirá lo mismo, si no más…
–JUSTO BERAMENDI. Sí, las clases populares de Santiago siempre han sido gallego hablantes y lo siguen siendo, por eso la expresión en gallego seguramente todavía sea más visible aquí que en otras ciudades como Vigo y A Coruña . Aunque con A Coruña hay que tener mucho ojo, porque una cosa es el centro de A Coruña y otra los barrios, y en los barrios de A Coruña hay muchísima gente, me atrevería a afirmar que la mayoría, que habla gallego. Pero, en general, estoy de acuerdo con Agustín aunque con matices. Porque yo percibo que, por un lado, hay un retroceso en el uso cotidiano del gallego, sobre todo en los jóvenes, pero, por otro, se detecta un patente avance del bilingüismo. Quede claro que este bilingüismo al que me refiero no es el famoso “bilingüismo armónico”, sino el propio de estas nuevas generaciones que están escolarizadas ya en gallego y que usan el gallego y el castellano indistintamente; como, además, son dos lenguas muy próximas entre sí, esto favorece en mayor medida mi tesis de que lo que verdaderamente avanza en la sociedad gallega es el bilingüismo. Para mí, una lengua que, por primera vez en la Historia, está oficializada, que tiene, aunque minoritarios, unos medios de comunicación de expresión exclusiva en gallego, y que puede presumir de una producción editorial y una literatura como no las tuvo nunca, no me parece que sea una lengua que corra un peligro grave de desaparición.
–A.F. P. Es que a veces nos hacen percibir las cosas mediante estereotipos que no responden a la verdad. A nosotros nos hacen percibir el gallego como lengua minoritaria, sin embargo todas las estadísticas que se han hecho constatan que en Galicia aún somos mayoría los que tenemos el gallego como lengua habitual. Comparto con Justo su tesis de avance del bilingüismo, pero me gustaría insistir en romper el tópico de que en las ciudades decrece el uso del gallego. Yo pienso sinceramente que no es así.
–FV. Históricamente, la pervivencia del gallego recayó en las clases populares, con todo lo que eso conllevó de prejuicios. ¿Ustedes creen que ya hemos superado esos prejuicios?
–A.F.P. Ése, para mí, y ya no sólo en el pasado sino ahora mismo, ha sido el principal problema que ha padecido y padece el gallego: el de los prejuicios. Estos prejuicios todavía están asentados, si bien no ya de tan patente forma a como lo estaban antes, pero si rascas y rascas…te encontrarás sin duda con ellos.
–J.B. Es que si miramos hacia atrás, no cabe duda de que la lengua gallega funcionó como marcador social negativo desde el siglo XVI hasta la mismísima Transición hacia la democracia. Mientras que, por el
contrario, durante ese mismo tiempo, el castellano representó el marcador social positivo. De manera que, sí, efectivamente, el gallego no tuvo más remedio que refugiarse en las clases iletradas, y ello a pesar del esfuerzo de todos los grandes intelectuales del Rexurdimento e incluso de los galleguistas de la II República. Ahora bien, durante el tardofranquismo y la Transición, las fuerzas de la izquierda asumieron valores que hasta ese entonces eran exclusivos del nacionalismo: la lengua, el himno, la bandera…lo cual resultó básico a la hora de conseguir la oficialidad del gallego. A partir de ese momento se visualiza, ante el pueblo, que hablando en gallego se puede llegar a cualquier sitio y esto es fundamental en tanto en cuanto, por lo menos a nivel oficial y normativo, ya deja de funcionar como marcador social negativo. Luego, claro, resulta lógico que en la sociedad gallega todavía se perciba la existencia de restos de otras épocas, las de los prejuicios, es decir, las del gallego como marcador social negativo o, en el mejor de los casos, como el de un idioma que, bueno, está muy bien para la literatura, para contar chistes y tal, pero que en realidad no sirve para andar por el mundo. Por lo tanto, según este neo-prejuicio hay quien se pregunta: ¿Para qué se va a enseñar en las escuelas?
–FV. Esto último que dice recuerda a planteamientos como el de la plataforma Galicia Bilingüe.
–A.F.P. Es que en el tema de Galicia Bilingüe….A ver: a mí no me gusta utilizar algunos de los términos que emplea esa plataforma porque da la impresión de que, al repetirlos, corremos el grave riesgo de hacerlos realidad. Galicia Bilingüe está jugando a aquella famosa teoría de Goebbels según la cual una mentira repetida el suficiente número de veces se convierte en verdad. Para mí, la mentira ya empieza por el nombre: se hacen llamar Galicia Bilingüe cuando ellos lo que propugnan es un auténtico apartheid lingüístico. Sus planteamientos, por lo tanto, parten de una falacia tan grande que no sé yo si merece ni la pena dedicar un tiempo a hablar de ellos. Aquí, si algun sector de la sociedad tiene problemas por el uso de la lengua, ese es el nuestro, el de los que hablamos en gallego, y no precisamente el de los castellano hablantes. Yo, como gallego hablante, lo que quiero es poder vivir mi vida con la misma normalidad que cualquier castellano hablante.
–J. B. En Galicia Bilingüe, aparte de la persistencia de ese prejuicio social del que antes hablábamos, lo que hay es una gran operación de tipo político-ideológico. GB es un grupo organizado con una ideología
españolista arcaica, excluyente, que no por casualidad coincide con ese nuevo partido de Rosa Díez. Lo que pasa es que yo creo que no están teniendo éxito porque tocan una tecla que, en la sociedad gallega, sólo percibe como positiva un sector muy minoritario.
–A.F.P. Y si obtienen algún éxito es más que nada por la repercusión que tienen en los medios, una repercusión que no es real.
–J. B. Efectivamente, porque ellos están hablando de un problema que en realidad no existe en la sociedad gallega. Por eso aquí fracasan. A lo único que pueden aferrarse es al derecho a que en la Enseñanza Primaria se les impartan a los niños las clases en su lengua materna, pero es que en Galicia no se está conculcando ese derecho en absoluto, al punto de que ni siquiera se cumple la Ley de Normalización Lingüística. En Galicia, y en base a esa ley, si acaso los que tendrían derecho a protestar serían los gallego hablantes o los que consideran al gallego su lengua materna.
–FV. El actual ministro de Cultura, entre otras opiniones autorizadas, considera que la literatura gallega viene a ser como una “rama” del árbol de la literatura española o, ampliando el espectro, de la cultura española…
–A.F.P. Bueno, esa para mí es claramente una afirmación de tipo político. Pessoa decía aquello de “Mi patria es la lengua portuguesa” y yo coincido plenamente con él en tanto en cuanto me siento incardinado en una tradición que es la misma de todos aquellos que, desde siglos atrás, han escrito en gallego. Otra cosa es que, en mi escritura, también pesen otras tradiciones y que, obviamente, una de ellas sea la literatura española o, como yo prefiero decir, la literatura escrita en castellano. Pero yo tengo clarísimo, y desde hace muchos años, que pertenezco a la literatura gallega.
–FV: ¿Sería una aberración incluir una obra suya en una antología de la literatura española, pongamos que en el apartado de “Otras lenguas” o algo así?
– A.F.P. Si fuese así, habría que empezar lógicamente por reconocer la realidad plurilingüe de España en un plano igualitario. Pero, insisto, la literatura gallega es la que se expresa únicamente en gallego y la española es la que se expresa en castellano, a la cual yo me siento muy próximo, pero sin que pueda decirse de ningún modo que pertenezca de a ella.
–J.B. El problema de las palabras es que las arma el diablo. ¿A qué nos referimos cuando usamos el adjetivo español? ¿A la lengua o al territorio? Esa es la cuestión. Y, claro, como unos lo usan de una manera y otros de otra, y en ambos bandos interesadamente, entonces se produce un conflicto. Yo coincido con Agustín en señalar que el principal, que no el único, elemento definidor de una literatura es la lengua. Pero me temo que el ministro y quienes piensan como él éstán acuñando el término literatura española para definir lo que en realidad es literatura en castellano y, en su acepción más restrictiva, literatura escrita en la Península Ibérica. Ahí estalla la paradoja y, entonces, qué hacemos: ¿Admitimos que existe una literatura argentina, o cubana, o uruguaya? ¿Sostenemos que pertenecen a ese mismo “árbol” del que cuelga la “rama” del gallego? En Argentina no les hace ninguna gracia que digan que las grandes obras de su historia literaria sean consideradas literatura española. No, no, ellos te dirán que es literatura argentina pura y dura, precisamente por eso, porque aunque el idioma es el principal elemento de identidad de cualesquier literatura, no es el único, y porque de no ser así anularías su literatura, es decir, la expresión literaria de su cultura, aunque se haga en una lengua común a otra cultura, caso que, por ejemplo, también vemos reflejado en la literatura inglesa con respecto de la norteamericana, o la irlandesa…¿Tú crees que algún norteamericano consentiría que se dijese que Faulkner, o que Steinbeck o que Dos Passos es literatura inglesa?
–FV. Pero un argentino no tiene ningún poblema en decir que escribe en español…
-J.B. No, pero sí tiene problema en decir que su literatura es literatura española. Son dos cosas diferentes. Por eso decía que la lengua es elemento principal, pero no único. Porque detrás de todo lo que se escribe está la cultura. ¿Acaso se pretende anular la cultura argentina? Pero, volviendo a los nuestro, si en lugar de hablar de Literatura Española se hablase de Literaturas Hispánicas, la cosa sería diferente ¿no? Y, por si fuera poco, hay que añadir un factor para enmarañar más el asunto: que abundan autores, véanse los Cela, Valle Inclán, Pardo Bazán….que beben de la cultura gallega y sin embargo se expresan en castellano, lo cual plantea otro problema, claro.
–A.F.P. Es que a veces, y sobre todo en el pasado, se ha querido enfrentar literatura en castellano versus literatura en gallego, y la verdad es que nunca he visto ningún motivo para ese enfrentamiento. Yo he leído las obras completas de Valle, las de Torrente Ballester…
–J.B. Que culturalmente son profundamente gallegas.
–A. F. P. Así es. La única distinción que cabe es la que hay entre escritor gallego y escritor que escribe en gallego, y en los dos casos la posición es respetable, como lo es que haya escritores que alternen ambos idiomas. El problema, en todo caso, nunca será cultural, sino político.
–FV. Si la literatura de Valle Inclán, como la de Torrente, es culturalmente gallega como ustedes dicen, entonces el idioma cuenta poco… Esos mismos autores podrían ser estudiados en la asignatura Literatura
Gallega…
–J. B. No es que cuente poco, es que no es el único elemento definidor de una cultura, que es diferente. Y en nuestro caso, sí que tenemos un idioma que define, lo cual no les pasa a los argentinos con respecto del español o a los norteamericanos con respecto del inglés.
–AF.P. Yo me siento muy cercano a Valle Inclán, especialmente a algunas de sus obras. Pero eso no quiere decir que admita que se diga que Valle Inclán pertenezca a la literatura gallega. Es una lástima, ya, pero no. Hay explicaciones históricas de por qué Valle Inclán escribía en castellano, y yo estoy seguro de que, de vivir hoy, él escribiría también en gallego.
–J.B. Las culturas no son conjuntos disjuntos sino conjuntos conexos. Existen zonas que están entreveradas y por eso a veces resulta difícil concretar de qué estamos hablando cuando hablamos de cultura. Y en un Estado como el español, en el que, a la par, se ha producido un mestizaje y una imposición de lenguas y culturas diferentes es imposible establecer esos compartimentos estancos y esas correspondencias unívocas. Aquí está todo mezclado, pero de todas formas lo que sí se debe hacer, al hablar de literatura, es establecer un criterio: si estableces un criterio de territorio llegas a una serie de incongruencias; y si estableces el criterio de la lengua, eliminas esas incongruencias pero te aparecen otros problemas.
–FV. Tópicamente se ha dicho que el diagnóstico de la salud de una sociedad puede establecerse a través del reflejo que de ella ofrecen los medios de comunicación. ¿Reflejan los medios de comunicación gallegos a la sociedad gallega?
–J. B. Yo es que, para empezar, niego la mayor: a mí no me parece que sea verdad que los medios reflejen la salud de una sociedad, o de un país. Acaso “deberían” reflejarla, sí, pero todos sabemos que no es así. Porque, a ver, si los programas de telebasura están reflejando a la sociedad española, u otros de ese estilo que emite la TVG reflejan a la sociedad gallega, entonces yo es que me voy de aquí…Felizmente, esto no ocurre, o ocurre menos, en los medios escritos que, en Galicia y en España, pienso que mantienen un nivel de calidad bastante alto. La peste que tenemos aquí es la de los medios audiovisuales, y eso es veneno que se está metiendo en las mentes de todos y, especialmente, en las de los jóvenes, lo cual es lo más grave.
–A.F.P. Si la prensa escrita debiera ser un espejo social, para mí en Galicia esta prensa está siendo un espejo, sí, pero parcial, excesivamente parcial, y en alguna medida yo aún diría que deformante. Quizás eso sea inevitable, claro. Yo siempre he creído que en la Enseñanza resultaría fundamental desvelar los códigos de los medios y aprender a leerlos críticamente.
–FV. ¿Habrá que rescatar aquel concepto de “opio para el pueblo”?
–J.B. No tanto, no tanto. Me parece más adecuado si acaso rescatar el concepto romano de “Pan y Circo”.
–A.F.P. Es que lo del espejo deformante a que me refería antes se nota muchísimo mismamente con la información que se está dando de la actual crisis económica. Yo leo los periódicos y, salvo algún artículo aislado que la aborda en profundidad y con seriedad, la impresión que dan es que hay que vivir y afrontar esta crisis como una catástrofe natural, como si no hubiese factores determinantes y perfectamente identificados que la provocasen.
–J.B. Pero de eso no tienen la culpa los medios, sino los políticos. Ellos son los que están haciendo todo lo posible por eliminar todas las responsabilidades que puedan tener en la génesis de la crisis.
–FV. Pero qué es esta ¿una crisis más? ¿O va a cambiar algo después de que la pasemos, de que la dejemos atrás?
–J.B. Digamos que cambiará algo para que nada sustancial cambie. Esta crisis lo que ha hecho es poner de manifiesto las prácticas piratas del capital financiero norteamericano, las políticas de los neocons, que esas sí que van a cambiar, pero ya no tanto por ética, sino porque se ha demostrado que, a medio plazo, resultan muy perjudiciales para los intereses del conjunto del sistema. En ese sentido sí que creo que se va a poner en marcha un nueva regulación que ponga freno a este tipo de prácticas. Pero en lo que son los fundamentos del sistema capitalista en su actual fase de desarrollo no sólo pienso que no van a cambiar, sino que intuyo que van a salir reforzados.
–A.F.P. Pues como las personas vivimos a veces de deseos, a mí me gustaría que se hiciesen realidad los deseos de todos los que defendemos que otro mundo es posible.
–J.B. Pero es que estamos muy desorganizados y no tenemos nada que rascar, de momento.
–A.F.P. Ya lo sé, pero al menos podría servir para que se incorporase algún elemento de los que se propugnan desde las alternativas a la globalización liberal.
–J.B. Ojalá fuese así, y yo también lo defiendo. Pero aún tiene que pasar un tiempo para que nazca una alternativa al sistema que tenga una cierta fuerza, una credibilidad y por añadidura una capacidad de presión ante el sistema vigente. Y es que, lo que durante tanto tiempo se pensó que era la alternativa a este sistema, o sea, el “socialismo real”, fracasó tan estrepitosamente que tiene que pasar un tiempo antes de que surja otra distinta que sea creíble.
–A.F.P. Bueno, algunas ideas alternativas ya están ahí.
–J.B. Lo sé, pero todavía son insuficientes.
-FV. ¿Qué papel puede jugar Internet en el futuro de la Humanidad?
–J.B.Ni se sabe. Para mí Internet es tan inmenso, polivalente e incontrolable que me siento incapaz de predecir qué consecuencias puede traer para la civilización humana de las próximas décadas. Lo que sí sé es que la irrupción de Internet es tan importante como lo pudo ser la Revolución Industrial en su momento.
–A.F.P. Ciertamente, algo revolucionario se percibe en Internet, y yo creo que eso lo vemos más claramente todos aquellos que ya hemos alcanzado ciertas edades. Cuando a mis alumnos les digo que el correo electrónico se empezó a usar en 1995 alucinan, no se lo creen; piensan que les hablo algo así como de la época del correo a caballo.
–FV. ¿Tan urgente es la reforma del Estatuto de Galicia? ¿Lo demanda realmente la sociedad gallega? ¿Nos estamos quedando atrás como sostienen algunos?
J.B. A mí, este teórico retraso no me parece tan importante. Lo que sí es importante es ampliar la cota de autogobierno. Por lo tanto, es mejor, si no hay otro remedio debido a la actual composición política del Parlamento de Galicia, esperar algo más de tiempo y hacer la reforma como es debido, que pactar una pseudoreforma con el Partido Popular, que era lo que se iba a hacer hasta que Rajoy dio marcha atrás en el último momento. Aquí lo que pasa, y vayamos al fondo de la cuestión, es que desde el punto de vista jurisdiccional la actual Constitución española es una chapuza. Tiene muchísimas incongruencias.
–A.F.P. Pero seguramente eso fue inevitable debido a la coyuntura histórica en que se redactó.
–J.B. Sí, yo no digo que no fuese inevitable. Pero ocurre que las consecuencias a medio y largo plazo de esas chapucillas y componendas que hubo que hacer para lograr el consenso entre tirios y troyanos se empiezan ya a notar. Lo que resultó de todo aquello es una Constitición de geometría variable, lo cual, según tires para un lado o tires para otro, puede dar lugar a una cosa y a su contraria. Y una de esas consecuencias fueron los Estatutos. Por mucho que se diga y se haya escrito, el Estatuto de Cataluña no puede imponer un sistema de financiación autonómica a un Estado. Eso es una trampa en la que cayeron los catalanes y que les tendió Zapatero. Y ahora ya pueden patalear todo lo quieran, porque no es legalmente posible que un Estatuto de Autonomía marque el tipo de financiación de las demás comunidades autónomas. Ya sé que hay frases en el propio Estatuto catalán que dan pie a esa interpretación, pero si se lee con atención se ve que no es así, que no puede ser así. Entonces ocurre que este tipo de incongruencias, de trampitas, fomentan las tensiones sociopolíticas entre comunidades autónomas, dentro de cada comunidad y en el conjunto del Estado. Rodríguez Zapatero se percató de eso y, en su pacto con Artur Mas, le pasó literalmente el cepillo al texto inicial del Estatuto, lo cual deriva en que, aún así, podamos afirmar con toda rotundidad que ese Estatuto catalán se está incumpliendo. Por lo tanto, el sistema de financiación de las comunidades será el que decida el Gobierno central y, si es posible, con el apoyo del mayor número de comunidades autónomas, hecho que dependerá no de lo que diga tal o cual Estatuto sino de la capacidad de presión que cada comunidad posea y de las necesidades políticas que tenga el Gobierno en ese momento. Ya digo, yo prefiero un Estatuto bien administrado que una reforma-trampa.
–A.F.P. De todas formas, yo pienso que esa presión de la que hablas tendría una base más fundamentada desde Galicia si, efectivamente, se procediese a la reforma de nuestro Estatuto. A mí sí que me gustaría que se aprobase un nuevo Estatuto, aunque sólo fuese por cuestiones simbólicas. Pienso que, aunque sea poco, algo se avanzaría en el autogobierno y, en ese sentido, que no se hubiese llevado a cabo la reforma en esta legislatura me produjo una gran desilusión.
–FV. ¿Están de acuerdo en cómo se está llevando el llamado proceso de recuperacion de la memoria histórica de la guerra civil?.
–A.F. P. Una herida no se cura cuando está mal cerrada. No se puede olvidar algo que se desconoce y a mí en esto de la memoria de la guerra civil me pasó una cosa muy curiosa y, también, por qué no confesarlo, lamentable: que hasta que fui bien mayor no me enteré de que la isla de San Simón había sido un campo de concentración. Muchos jóvenes de hoy no saben eso, como no saben un montón de cosas. Entonces ¿cómo se atreven a pedirnos que olvidemos? Para olvidar, antes hay que conocer y cuando se conozca todo, entonces es cuando se nos podrá pedir, ya con las heridas cicatrizadas, que continuemos adelante. Yo pertenezo a una generación que tiene detrás un vacío, pero es que mi hija, que tiene 26 años, también siente ese vacío, y más de una vez me tiene dicho que en las clases de Historia de España parecía que todo se acababa en 1936. Es constatable que existe un gran segmento de la población española y gallega que tiene una visión de la historia deformada por la manera en la que se la contaron en la escuela, y por eso creo que este proceso de recuperación de la memoria histórica es de todo punto necesario.A fin de cuentas, lo único que quiero es saber la verdad. ¿Debo sentirme culpable por eso? ¿De qué se me acusa?
-J.B. Lo que resulta una vergüenza es que estemos hablando de estas cosas treinta y tantos años después de muerto el dictador. Entiendo que tal vez la etapa más tensa de la Transición no fuese el marco más adecuado para hacer justicia con las víctimas de la dictadura, hasta ni siquiera recordarlas si me apuras, pero desde el momento en que se acepta que está consolidada la democracia y que por lo tanto es irreversible el desmantelamiento de cualquier atisbo de dictadura, y eso ya sucedió en 1982 con la victoria de PSOE, ese proceso no sólo es conveniente y justo, sino indispensable desde el punto de vista de la higiene pública para el conjunto de la sociedad española. Debería haberse comenzado antes pero, bueno, más vale tarde que nunca.
–FV. En el otro extremo, también se dice que esta Ley se ha quedado corta.
–J.B. Claro. Porque la única reparación moral de las víctimas no consiste en andar por ahí poniendo flores, sino en anular las sentencias que declaraban asesinos, ladrones, rebeldes o terroristas a los defensores de la República. Eso no lo quiso hacer el Gobierno, pero más que nada debido a sus repercusiones económicas.
–FV: ¿Y lo del auto judicial de Garzón?
–J.B. Entiendo que desde el punto de vista jurídico es un poco estrambótico, pero desde el punto de vista moral y político me parece magnífico, estupendo.
–A.F.P. Yo estoy de acuerdo con ese auto judicial, y lo que me duele es que aún a estas alturas se nos trate de imponer una visión de cómo fueron las cosas que no es cierta y que aún haya quien insista en que
persistamos en la mentira.

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